martes, enero 10, 2006

A ningún Roberto. A ningún César. A ningún Mauricio.

Su cabello olía a oregano. Su mentira verde cresta mantenía húmeda con artificio de sombrero hecho ojo de cebolla. Del sol no se ocultaba. Ni del hielo: no temía. Mañanas claras andaba siempre contento. Hacía coronas de canciones de melaza mientras adornaba con tizne la cara de sus cebras. Su colmillo superior derecho fluorescente tornaba para las noches de luna nueva y pupilas sobre dos de sus lenguas dilataba a voluntad. Desde su lengua evidente con tal ternura me miró una tarde que los más finos placeres míos otorgué chistando mínimamente. Una mirada, sólo una me bastó...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

REPLICA PARA COLOREAR (tanto real como figurativamente...)

Tu bello mensaje se transforma en un NEGRO cariacontecimiento. La esperanza VERDE del que anhela muta en la rabia AMARILLA del recipiendario frustrado. Pero me rehúso, soy incapaz, de teñirte con el ROJO de mi ira. Aunque, como dice Neruda: de tanto amor mi vida [podría haberse teñido] de VIOLETA, los imperativos categóricos de nuestras vidas motivan la separación, con su ausencia completa de colores (Vinicius de Moraes dixit). Pero recuerdo esta nota optimista (que parafraseo creo que de Canek): la oscuridad reinante en la profundidad del pozo favorece la observación de la gloria AZUL de las estrellas...

Un abrazo cariñoso...

Hieródula Incrédula dijo...

Yo dejé los colores y, cuando los dejé, los perdí. Por eso cada que puedo los invoco, muy avergonzada de mi descuido. A ver si luego regresan...

Un abrazo muy cariñoso.

Anónimo dijo...

Mmmmmmm. Me hace falta una intérprete, sobre todo si es bella, para que me explique eso del abandono y pérdida de los colores...

Un abrazo muy, muy cariñoso (espero que ésto no requiera traducción...)

Anónimo (a veces) ansioso (se me están agotando las aliteraciones...)